7/3/11

La raya

A propósito de la reducción del máximo de la velocidad en la Autopista han aparecido por doquier expertos en consumo, o en ahorro, de gasolina —essence—. Hace unos días salía uno aquí demostrando, con formulita y todo, que la disminución de la velocidad aumenta el consumo. No seré yo quien lleve la contraria ni en un sentido ni en otro,
(entre otras razones por dos, principalmente: 1. Porque no quiero dar más pábulo a lo que no parece ser sino asunto capital para los medios y su negocio publicitario. Y 2. Porque el asunto en sí del despilfarro de carburante me importa un comino: no deja de ser un episodio más de la ciclotimia del régimen dominante del dinero, de sus ciclos maníaco-depresivos)
es sólo que, sin entrar en muchos intríngulis, me doy cuenta de que un hombre corriendo se cansa más (¿gasta más energía?) que andando a paso vivo, y más a paso vivo que paseando. Y es también que si el gobierno, temiendo las consecuencias de unas guerritas o guerrillas que se están produciendo en el norte africano, con el fin de incorporarse sus habitantes al régimen universal, ve peligrar el suministro de energía para que anden los coches —y, como símbolo, el sistema—, lo lógico sería que se fabricaran menos.
(Más de uno, seguramente mejor informado que yo, me diría: "¿Estás loco?, ¿Y los puestos de trabajo? Y, además, ¿no te has enterado de que es el gobierno, precisamente, el que ayuda con subvenciones a la compra de coches?").
Pero bien, lo que sí me interesaba destacar del disgusto de los conductores por la medida de la reducción de la velocidad es que no creo que se deba tanto a la pérdida de tiempo por tener que ir más despacio
(ayer salía por la pantalla un experto en algo, quien había calculado que se iban a perder tropecientas mil horas —no recuerdo que dijera para qué se perdían— como consecuencia de la dichosa reducción. Ya puesto, podría haber calculado cuántas se pierden con el trasiego inútil automovilístico para no ir a ningún sitio, como es lo habitual, y para no hacer nada)
ni a un cierto temor a aburrirse conduciendo a una velocidad más baja (ya hacen falta ganas para pasárselo bien conduciendo), incluso a dormirse como pronosticaba un as del volante (también hacen falta ganas para hacerse un as en esto), sino a que lo consideran nada menos que un atentado contra la libertad (¡gobierno liberticida!, habrá exclamado más de un liberaloide o acratoide, como cuando lo del tabaco), cosa por otra parte nada extraña dado el carácter simbólico de libertad que la velocidad tiene. Pero hasta tal punto llega el simbolismo que rebajar los 120 hasta ahora permitidos a 110 es como pasar una especie de gradiente o raya que separa la libertad de la tiranía.

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